Color de su dios
Me discriminó el evangelista.
Me dijo:
“Negro fiero. Esclavo.”
Y después, como si nada,
me mostró la foto de su nieto:
“Rubiooo… de ojos claros…” decía.
“Es rubiooo…” repetía.
Y miraba mi piel.
Rubioooo.
Lo estiraba.
Lo alargaba.
Como si el color fuera salvación.
Mientras a mí me decía:
“Trabajá, esclavo.”
Se ponía los auriculares.
Leía la Biblia.
Llegaba tarde.
Se iba temprano.
Y su vida —según él—
era perfecta.
Perfecta
porque la hija se acostaba con hombres rubios,
fuera del matrimonio,
y así nacían nietos rubios.
Repito.
Con rubios.
Lo estiro.
Rubioooooos.
No negros.
No esclavos.
Y yo ahí,
rasguñándome la piel
que era pecado, según él,
escuchando el sermón
de un hombre que hablaba de Dios
con la boca llena de odio.
Sergio Cortéz

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