ÁCRUX
Ya se siente
el martillar de la conana
como un tambor de granito antiguo
golpeando la tierra.
Gusamara,
hazle a tu amada arropa de algarroba
a la orilla del arroyo,
y endúlzalo con la estrella Acrux,
mientras la noche cae serena.
Gusamara espera a su amada,
sentado sobre una piedra tibia
que guarda el calor del día
y el secreto de los cuerpos.
El viento persigue al tiempo
por campos de espodumeno,
y se inclinan las flechillas,
cabellos de caballos nunca vistos
que cruzan la llanura del deseo.
La amada camina,
cimbreante,
en su cadera aborigen
cuelgan vainas de algarroba madura,
entre zinnias bermejas.
Viene desde la memoria,
con el pulso del cerro en la sangre.
Lo busca.
Lo siente.
Se encuentran.
Ella prueba el arrope
y en su dulzura
queda eternamente enamorada,
como una montaña.
Dicen los actuales comechingones
que quien escucha el latido del cerro
no vuelve a estar solo,
porque en ese golpe
hablan los que se fueron.
Cuando al fin se encuentran,
el monte respira
y el amor
queda ardiendo.
—Sergio Cortéz, Villa Dolores, Córdoba

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