Poemas de Sergio Alejandro Cortéz
Cuatro paisajes interiores: el amanecer que despierta, el árbol que permanece en su eternidad, las serpientes antiguas del recuerdo y las casas donde duermen sombras que no deben ser despertadas.
Palabras nacidas entre sierras, viento, ruinas y silencios.
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La profesora de poesía nos despertó en el amanecer
Vean el color difuso,
las sierras borrosas que parecen temblar
y no lo hacen.
Aquellos dos eucaliptos
son una pareja apareciendo en el viento
y en la distancia.
Mirar los colores,
la oxidación blanca,
la niebla.
Escribo las palabras.
Maldito sea aquel
que mire de frente al amanecer
y todavía no haya despertado.
Porque la mañana no espera,
enciende sus silencios
sobre la tierra dormida,
y solo quien abre los ojos del alma
puede escuchar
cómo nace el día.
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El árbol antiguo
El árbol antiguo
es único.
Ya secó por completo,
a la orilla de las ruinas
de la fábrica que no prosperó.
Las murallas de adobe
dan la mejilla al viento.
Ha dado suficiente leña.
Hasta durante el camino
hay restos de sus manos
que han querido caminar
para recibir o despedirse de
los nadies,
y están ahí,
poderosas,
barnizadas de guadal.
Desde aquí es visible
su medio cuerpo,
queriendo levantar un dedo
para tocar el cielo.
Aún le es posible,
en su posición de eternidad.
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Las serpientes del archivo
Estas serpientes grisáceas
que anidan bajo los asientos del recuerdo
no son más que eso.
Anidan.
Ya están enormes y viejas,
demasiado viejas
para seguir escondidas.
Es tiempo de que abandonen sus esponjas
y salgan de la sala de archivos.
Golpeo los cajones con un palo.
No puede ser otra cosa:
hoy salen.
Pido ayuda para matarlas,
porque son muchas.
Hay una que me mira.
El Señor la reprenda.
Parece poderosa,
pero no lo es.
Es apenas eso:
algo que se arrastra,
sin veneno,
sin lugar donde reposar.
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Las casas del sur
Al sur,
una brasa de zinc
fingía ser una casa.
Fuimos.
Pero eran varias.
Detrás de barrotes adelgazados
dormían las mudas,
las escamas,
el ciempiés más alto que la lluvia.
El hambre
había aprendido a limar el hierro.
Algo escapó.
Algo recordó el camino.
Mi maestro
arrancó la aguja de una sombra.
—Todavía no.
Dijo.
Y volvimos.
La casa seguía ardiendo
en la distancia.
Uno por uno,
los venenos regresaron
a sus nombres.
No iremos
a despertar
lo que sueña bajo las jaulas.
Sergio Alejandro Cortéz
Villa Dolores, Córdoba, Argentina.
