viernes, 24 de julio de 2026

Poemas de Sergio Alejandro Cortéz

 Poemas de Sergio Alejandro Cortéz


Cuatro paisajes interiores: el amanecer que despierta, el árbol que permanece en su eternidad, las serpientes antiguas del recuerdo y las casas donde duermen sombras que no deben ser despertadas.


Palabras nacidas entre sierras, viento, ruinas y silencios.


---


La profesora de poesía nos despertó en el amanecer


Vean el color difuso,

las sierras borrosas que parecen temblar

y no lo hacen.


Aquellos dos eucaliptos

son una pareja apareciendo en el viento

y en la distancia.


Mirar los colores,

la oxidación blanca,

la niebla.


Escribo las palabras.


Maldito sea aquel

que mire de frente al amanecer

y todavía no haya despertado.


Porque la mañana no espera,

enciende sus silencios

sobre la tierra dormida,

y solo quien abre los ojos del alma

puede escuchar

cómo nace el día.


---


El árbol antiguo


El árbol antiguo

es único.

Ya secó por completo,

a la orilla de las ruinas

de la fábrica que no prosperó.


Las murallas de adobe

dan la mejilla al viento.


Ha dado suficiente leña.

Hasta durante el camino

hay restos de sus manos

que han querido caminar

para recibir o despedirse de

los nadies,

y están ahí,

poderosas,

barnizadas de guadal.


Desde aquí es visible

su medio cuerpo,

queriendo levantar un dedo

para tocar el cielo.


Aún le es posible,

en su posición de eternidad.


---


Las serpientes del archivo


Estas serpientes grisáceas

que anidan bajo los asientos del recuerdo

no son más que eso.


Anidan.

Ya están enormes y viejas,

demasiado viejas

para seguir escondidas.


Es tiempo de que abandonen sus esponjas

y salgan de la sala de archivos.


Golpeo los cajones con un palo.

No puede ser otra cosa:

hoy salen.


Pido ayuda para matarlas,

porque son muchas.


Hay una que me mira.

El Señor la reprenda.

Parece poderosa,

pero no lo es.


Es apenas eso:

algo que se arrastra,

sin veneno,

sin lugar donde reposar.


---


Las casas del sur


Al sur,


una brasa de zinc


fingía ser una casa.


Fuimos.


Pero eran varias.


Detrás de barrotes adelgazados


dormían las mudas,


las escamas,


el ciempiés más alto que la lluvia.


El hambre


había aprendido a limar el hierro.


Algo escapó.


Algo recordó el camino.


Mi maestro


arrancó la aguja de una sombra.


—Todavía no.


Dijo.


Y volvimos.


La casa seguía ardiendo


en la distancia.


Uno por uno,


los venenos regresaron


a sus nombres.


No iremos


a despertar


lo que sueña bajo las jaulas.


Sergio Alejandro Cortéz

Villa Dolores, Córdoba, Argentina.

No hay comentarios:

Publicar un comentario